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16 de abril de 2026
Ida-Viru, Estonia
**El castillo de Hermann y la fortaleza de Iván III se miran, sin tocarse, en un meandro del río sobre el que se alzan como guardianes de dos mundos extraños.** A un lado, Narva: Estonia, Unión Europea, OTAN. Del otro, Ivangorod: Rusia. “Aquí —en la margen oeste del río— empieza Europa”, subrayan en Estonia. E implícitamente quieren decir que lo que hay más allá no lo es: de allí proviene la amenaza. “El castillo de Narva se construyó para defenderse de lo que venía de Rusia… incluso cuando todavía no era Rusia”, arguye un alto cargo del Gobierno estonio en la capital, Tallin.
Más de ochenta años después de que Winston Churchill pronunciara su famoso discurso, otro Telón de Acero ha caído sobre el continente europeo como resultado del expansionismo del Kremlin, sus amenazas imperialistas y su invasión de Ucrania. El reverso es el rearme de la Unión Europea a través del incremento del gasto en defensa, de nuevos ejercicios militares, de políticas más restrictivas. Y en pocos lugares se siente ese nuevo Telón de Acero como a lo largo de la frontera que Estonia comparte con Rusia. Se han erigido vallas, cavado trincheras y desplegado fuerzas de reacción rápida de la OTAN; y se ha anunciado la construcción de 600 búnkeres fronterizos.
Los Estados europeos han cancelado las conexiones aéreas con Rusia. Finlandia ha cerrado a cal y canto su frontera oriental. Lituania y Polonia han suspendido la mayoría de los puntos de cruce terrestres; Letonia, la mitad. Estonia ha impuesto severas restricciones. De la treintena de pasos fronterizos que existían entre el territorio europeo y Rusia antes de 2022, solo quedan nueve abiertos. Uno de ellos es el Puente de la Amistad, levantado cuando una orilla y otra, Narva e Ivangorod, formaban parte de dos repúblicas diferentes dentro de un mismo país: la Unión Soviética.
Ya no se puede cruzar en coche y los viajeros que toman esta ruta lo hacen caminando aprisa, arrastrando sus maletas y tapándose del aguanieve que les azota el rostro, mientras sortean los inmensos dientes de dragón colocados sobre el puente para evitar el paso de tanques en caso de una invasión rusa.
Es una frontera dura.
Vista de satélite del Puente de la Amistad y los castillos de Narva e Ivangorod. Google Earth
Es, asimismo, una frontera blanda, líquida. Literalmente. La línea divisoria entre ambos países es el río Narva, luego el embalse de Narva, de nuevo el río Narva, luego el lago Peipus, el pantano de Kulje… Metafóricamente, también se podría considerar una frontera líquida. En Narva y toda la provincia fronteriza de Ida-Viru, el 76% de la población pertenece a la “minoría rusa”. En realidad, se debería decir postsoviética: llegaron tras la conquista soviética de Estonia a trabajar en las industrias locales. Y étnicamente no son solo rusos: hay ucranianos, bielorrusos, tártaros, armenios, kazajos… aunque su lengua materna ha terminado por ser la que era _lingua franca_ , la entonces dominante, el ruso.
Por eso en el resto de Estonia siempre los han mirado con recelo. Son una rémora del pasado. No se integran, dicen. No quieren hablar en estonio. Sospechan que son potenciales quintacolumnistas. Los estonios rusófonos tampoco se fían de Tallin, ni de su Gobierno e instituciones, menos aún tras la aplicación durante los últimos años de medidas que consideran discriminatorias. Cerca de la mitad de esta minoría ni siquiera tiene derecho a la ciudadanía estonia: son considerados descendientes de colonos establecidos durante la ocupación extranjera, por lo que, a menos que demuestren su integración mediante un examen de lengua y cultura estonia, no pueden acceder a ella, pese a haber nacido y vivido durante varias generaciones en el país. Así, 77.000 mantienen un pasaporte ruso, y otros 60.000 son considerados “de ciudadanía indefinida” o apátridas, una anomalía jurídica en la Unión Europea del siglo XXI. Su pasaporte es de color gris, como su existencia. Ni de un lado ni del otro. Liminar.
## El pasado como trinchera
Narva fue escenario de unas de las campañas militares más duras de la Segunda Guerra Mundial, por lo que quedó completamente destruida tras la contienda y no quedan restos de su trazado antiguo, excepto un par de viviendas del siglo XVII; el mencionado castillo, levantado durante el reinado danés (siglo XIII) y completado por los caballeros teutónicos, y los fuertes bastiones suecos (siglo XVI). Otro edificio reseñable es la fábrica textil Kreenholn, fundada en 1857 por el empresario alemán Ludwig Knoop (bisabuelo de la actual presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen). Con sus hasta 12.000 obreros, fue uno de los complejos industriales más importantes del Imperio Ruso, la Unión Soviética y luego Estonia, hasta que a inicios de los 2010 la llevó a la quiebra su nuevo propietario sueco. Ahora, sus edificios de ladrillo languidecen vacíos pero aún imponentes sobre un islote del río, más cerca de las calles de Ivangorod que de las de Narva, después de que, con el incremento de la tensión transfronteriza, fracasara un proyecto para atraer inversores de ambos lados.
La fábrica textil Kreenholn, fundada en uno de los islotes del río Narva en 1857 por el empresario alemán Ludwig Knoop. Andrés Mourenza
Pero esto son solo datos, descripciones. Como Zaira, una de las ciudades invisibles de Italo Calvino, Narva no está hecha de ellos, “sino de las relaciones entre las medidas de su espacio y los acontecimientos de su pasado […] un pasado contenido como las líneas de una mano, escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, cada segmento surcado a su vez por arañazos, muescas, incisiones, comas”.
Un pasado controvertido y en constante negociación. Unos meses después de la invasión rusa de Ucrania, en una mañana de agosto de 2022, de forma casi subrepticia, las autoridades estonias retiraron seis monumentos de Narva y una localidad aledaña, incluido un tanque del Ejército Rojo, que conmemoraban la victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial.
“No permitiremos que Rusia use el pasado para romper la paz interior de Estonia”, dijo la entonces primera ministra, Kaja Kallas, hoy alta representante para la Política Exterior de la UE. Para la mayoría de estonios, esa victoria soviética es también el recuerdo de una dura ocupación que se prolongó hasta 1991. “El Gobierno ha decidido retirar los monumentos militares en honor a fuerzas extranjeras. Los monumentos soviéticos, que eran una fuente de tensión, han desaparecido del espacio público y ahora podemos mirar hacia adelante. Compartimos un futuro común y es hora de que nos centremos en él”.
Había temor a que ocurriese como en 2007, cuando el traslado de la estatua soviética del Soldado de Bronce desde el centro de Tallin a un cementerio militar provocó multitudinarias protestas de la minoría rusoparlante, que derivaron en enfrentamientos con la policía y nacionalistas estonios, con un muerto, 170 heridos y un millar de detenidos. Pero en Narva, esta vez, no hubo grandes manifestaciones. Sí, un profundo malestar que cristalizó en las elecciones locales del pasado octubre, en las que salió vencedora la lista electoral de un político expulsado de su partido por criticar la retirada de los monumentos.
“Los lugareños sienten que estos monumentos son importantes. Porque nacieron en la Unión Soviética y eso forma parte de su identidad. La memoria es una cuestión delicada y estos monumentos recuerdan la victoria en la Segunda Guerra Mundial, un motivo de orgullo”, relata Dimas, un vecino de mediana edad de Narva.
Un busto de Lenin apartado de la exposición principal del Museo de Sillamae, en un despacho del edificio. Andrés Mourenza
Es decir, las autoridades estonias retiran las estatuas porque las consideran una celebración del inicio de la ocupación rusa y el fin de su independencia. Y tienen razón. La población local se queja porque las consideran parte de su herencia, un símbolo del triunfo sobre los nazis, sobre el mal. Y también tiene razón.
El problema es que “esta frustración local, este sentimiento de maltrato”, arguye Dimas, lo utiliza Rusia para sembrar discordia. Sobre todo a través de sus medios de comunicación y canales de Telegram, que todavía tienen seguimiento entre la minoría rusoparlante y en los que se comparten noticias exageradas o directamente falsas sobre la región más oriental de Estonia.
Algo de lo que se queja Ivika Maidre, que da clases de estonio para adultos los fines de semana. El resto del tiempo, cuida del memorial de la Batalla de las Colinas Azules, entre las localidades de Vaivara y Sillamae. Es una antigua casa solariega con su finca, donde se acumulan piezas de artillería, cascos, un avión estrellado y parafernalia militar, además de objetos de la vida cotidiana de los soldados.
Maidre señala un panel con un mapa donde aparecen los movimientos del Ejército Rojo y la Wehrmacht en el cuadrante nororiental de Estonia durante la primera mitad de 1944. Pero ella no relata esas batallas, sino las historias de reyes medievales daneses, de destacamentos de caballeros teutones, de escaramuzas entre el Gran Principado de Moscovia y tribus fino-úgricas a las que terminó sometiendo. “Sin esto, no se puede entender lo demás”, dice. “Y lo siento, pero es que todas las guerras han venido del este… no de Finlandia ni de Lituania”.
Ivika Maidre frente a los restos de un avión de combate en el memorial situado entre las localidades de Vaivara y Sillamae. Andrés Mourenza
Por ejemplo, cuando en 1940, tras el pacto con la Alemania nazi, la URSS ocupó el país por primera vez. “Los soviéticos se desacreditaron en apenas un año, porque ejecutaron a mucha gente y se llevaron a mucha más [12.256 en 1941 y más de 35.000 al término de la guerra]. Por ejemplo, el hermano de mi abuela fue arrestado y enviado a un campo de trabajo. No estaba metido en política, pero tenía una tienda y empleaba a dos trabajadores, así que lo consideraron un desalmado capitalista. Regresó 13 años después, cuando murió Stalin, y fue afortunado porque la mayoría de los deportados murieron ejecutados o en las penosas condiciones del gulag”. Por eso, justifica, en algunos lugares de Estonia se recibió a los nazis con flores cuando invadieron el país en verano de 1941. “Tenemos más afinidad cultural con los alemanes que con los rusos. Antes de la invasión rusa, la segunda lengua en Estonia era el alemán. Y aunque los alemanes hicieron cosas muy malas en Rusia o Bielorrusia, en Estonia fueron más educados”, dice Maidre, si bien olvida mencionar el cercano campo de concentración de Vaivara, por el que pasaron 20.000 judíos y presos soviéticos que fueron empleados como mano de obra esclava en la extracción de minerales de la zona.
Para ella no hay nazis y soviéticos; son alemanes y rusos. La diferencia es importante. Por eso hace suyas las palabras de Vello Salo, un cura estonio que combatió junto a los nazis y luego, en el exilio, dedicó su vida a preservar la cultura estonia hasta que pudo volver a su patria al caer la URSS: “Mi uniforme era el equivocado, pero mi enemigo era el correcto. Luché por Estonia”.
## La hipótesis Narva
La noche cae temprano en Narva, pero la cola en la Plaza Peetri no deja de aumentar. Situada en pleno centro de la localidad, esta plaza es en realidad un gran aparcamiento junto a un letrero de Narva Piiripunkt, la entrada del paso fronterizo. La gente fuma, espera. Se han acostumbrado a una rutina de tres o cuatro horas de demora, aunque a veces el tiempo se estira. Como describe una joven llegada desde Finlandia para cruzar a Rusia: “Una vez tardé doce horas, la cola se extendía hasta allí”, dice señalando al edificio coronado por un inmenso depósito de agua, bajo el cual espera un autobús que recoge a quienes llegan del otro lado y los lleva directamente a Tallin, donde pueden tomar vuelos a otras partes de Europa.
La espera se debe, según explican, a las sanciones: el personal aduanero revisa exhaustivamente el equipaje de todos los viajeros, en busca de cualquier producto que pueda suponer una mínima violación de las prohibiciones de exportación decretadas para impedir el abastecimiento de Rusia y castigar su invasión de Ucrania. Muchos habitantes de Narva tienen familia o amigos al otro lado y es habitual que vayan a visitarlos al menos una vez al año. Pero cada vez menos: 3,5 millones de personas atravesaron la frontera de Narva en uno u otro sentido durante 2019, pero el año pasado fueron poco más de 600.000.
“Mucha gente vivía de la frontera. Había gente que venía a comprar, de visita… Así que ahora que no vienen los rusos, han cerrado supermercados y tiendas. Y los jóvenes no encuentran oportunidades y se van a buscarlas a Tallin, a Suecia o a Noruega”, dice Dimas.
La guerra lo ha cambiado todo. “Cuando empezó, no me lo podía creer, era muy difícil de imaginar. ¿Una guerra en Europa? Imposible. Pensaba que la gente se había hecho más humanista; yo misma creía en un futuro mejor. El primer año estuve muy deprimida, ahora soy más realista”, relata Jelena Antusheva, directora del museo local de Sillamäe, otra localidad del condado de Ida-Viru.
En toda Estonia, la bandera ucraniana es omnipresente; ondea en edificios oficiales y en viviendas particulares, en grandes empresas y en pequeñas. El Gobierno estonio se ha volcado con Ucrania y es el segundo estado de la UE, a poca distancia de Dinamarca, que más ayuda ha aportado respecto a su tamaño: un 3,6% de su PIB, aproximadamente la mitad en ayuda militar; el resto, en contribución financiera y humanitaria. Es también de los países que, proporcionalmente, ha acogido a más refugiados ucranianos: 25 por cada mil habitantes.
“Para nosotros [esta guerra] es una cuestión existencial, y para Rusia no lo es”, sostiene Jonatan Sveviov, secretario general del Ministerio de Exteriores: “Defender la integridad territorial de Ucrania es defender que no podemos volver al siglo XIX, con una Europa dominada por grandes potencias a través de áreas de influencia, con Estados más pequeños y de soberanía reducida como zonas tapón entre ellos. Se trata de defender un orden internacional basado en normas”. Y asegura que, si la Rusia de Vladímir Putin sale vencedora en Ucrania, pondrá sus ojos en otros territorios.
Es la llamada hipótesis Narva, uno de los escenarios de ataque ruso estudiados en los cenáculos de seguridad europeos. Alegando la marginación a la que Tallin somete a la minoría “rusa” o tras una serie de disturbios, efectivos rusos traspasarían el Puente de la Amistad y tomarían Narva. El Kremlin lo presentaría como una operación limitada a esa ciudad, pero el objetivo sería poner a prueba la unidad de la UE y de la Alianza Atlántica. ¿Responderían países como Hungría, Turquía o los Estados Unidos de Donald Trump con sus ejércitos a un acto de agresión, o apostarían por negociar con Putin?
“Si Rusia ataca Polonia con seis divisiones de tanques, no tengo ninguna duda de que la OTAN invocará el Artículo 5 [sobre la defensa mutua en caso de ataque a uno de sus miembros], porque se trata de la clásica guerra de Estado contra Estado, pero si fuera una incursión limitada, tengo serias dudas de que Estados Unidos venga en defensa de Europa”, dice en un podcast de la BBC Carlo Masala, profesor de la Universidad de las Fuerzas Armadas Federales en Munich y autor del libro _Si Rusia ganara._
En mayo de 2024, fuerzas rusas retiraron las boyas que demarcan el límite de ambos países en el río Narva, en un hecho interpretado como una provocación rusa. El pasado 10 de octubre, en una zona fronteriza del sur de Estonia, fue avistado un grupo de militares rusos en uniforme verde pero sin insignia, similares a los “hombrecillos verdes” que tomaron Crimea en 2014. Y el 12 de diciembre, un grupo de guardas fronterizos rusos cruzaron a un banco de arena del río Narva, formalmente en territorio estonio, donde permanecieron durante 20 minutos. Las provocaciones y violaciones del espacio aéreo con cazas rusos también se han multiplicado, como la del pasado septiembre, cuando tres MiG rusos penetraron durante 12 minutos en espacio aéreo estonio cerca de la capital, hasta que la movilización de cazas italianos desplegados en Estonia, junto a aeronaves suecas y finlandesas, los obligó a retirarse.
En los mapas, la frontera entre Estonia y Rusia aparece como “línea de control temporal”, puesto que aún no ha sido reconocida oficialmente. Se llegó a acordar en un tratado entre gobiernos, pero nunca fue ratificada: en 2005 la Duma rusa se negó a hacerlo porque los estonios añadieron un preámbulo referente a la ocupación soviética. En 2014, el nuevo tratado negociado volvió a quedar sin ratificación parlamentaria a raíz de la anexión rusa de la Crimea ucraniana.
Los incidentes fronterizos y los episodios de guerra híbrida no son nuevos. En 2007, en paralelo a las protestas por la retirada del Soldado de Bronce, Estonia sufrió uno de los mayores ciberataques registrados hasta el momento en el mundo: instituciones, bancos, medios de comunicación y partidos políticos perdieron la conexión en multitud de ataques coordinados tras los que Tallin ve la mano del Kremlin. Y los incidentes se han multiplicado tras cada choque entre países, y aún más desde la invasión rusa de Ucrania: casos de espionaje, compra de funcionarios, sabotajes a infraestructuras, violaciones de la línea fronteriza…
La hipótesis Narva no gusta en la cancillería estonia. “¿Intentos de interferir en nuestros procesos democráticos? Sí. ¿Sobornos y corrupción de políticos, uso de redes de espionaje? Absolutamente. ¿Ciberataques? Desde luego. ¿Acciones encubiertas para minar la estabilidad de nuestras sociedades? También. Todo esto es muy probable que continúe. Pero no creemos que Putin vaya a atacar nuestra frontera oriental militarmente, porque estamos preparados y contamos con el apoyo del resto de países de la UE y de la OTAN”, afirma Sveviov, si bien advierte de que “Europa debe despertar” respecto al peligro ruso y sus amenazas híbridas: “Si su objetivo es disminuir las actividades militares de la OTAN en esta región, tenemos que asegurarnos de que, como resultado de sus provocaciones, reciben más actividad militar de la OTAN en esta región. Frente a Rusia, lo último que hay que hacer es mostrar debilidad”.
En la misma Narva ha habido numerosas detenciones en los últimos meses: un miembro de la Liga de Defensa, un empleado de uno de los pasos fronterizos, un empresario y la empleada de un spa han sido condenados a penas de varios años de cárcel por pasar información al FSB ruso. Otros dos individuos con pasaporte ruso han sido deportados de Narva también por sospechas de colaborar con los servicios secretos del país vecino, y al menos tres personas han sido detenidas por publicar contenido a favor del Kremlin en las redes sociales.
Es más, a finales de febrero y principios de marzo, aprovechando que la atención del mundo se desvió hacia Oriente Medio, canales de Telegram, grupos de Facebook y publicaciones de otras redes sociales comenzaron a difundir una nueva narrativa sobre la “República Popular de Narva”, con su bandera, su escudo de armas y mapas redibujados. Lo que más escama es precisamente el uso de ese término, “República Popular”, puesto que fue el mismo utilizado en Donetsk y Lugansk para iniciar un movimiento separatista armado con apoyo de Moscú contra el Gobierno central de Ucrania en 2014.
Esto provoca que la opinión pública estonia se pregunte con cierta suspicacia: ¿Qué haría la minoría “rusa” en caso de ataque del Kremlin?
## La triste calle de la Felicidad
Tres ancianas apoyan con cuidado el trasero en los bancos húmedos del bulevar central de la localidad de Kohtla-Järve, entre esqueletos de árboles desnudados por el invierno y fuentes secas. Son las únicas que pasean por la desangelada avenida. A su izquierda, una plazoleta lleva el nombre de Felicidad, igual que otra calle de la ciudad. Uno no sabe si estos nombres se pusieron como una clase de sortilegio, un conjuro que no funcionó. O si fue la misma socarronería local que bautizó la escultura soviética de dos mineros alzando sus picos a mayor gloria del trabajo como “los únicos dos sobrios”.
Estonia es el único país en el mundo cuya producción eléctrica depende mayoritariamente del esquisto bituminoso, extraído de sus amplios depósitos de _kukersiit_ , un mineral con alto contenido en fósiles orgánicos. Mientras el resto del mundo lo abandonó hace casi un siglo por hidrocarburos más ligeros y eficientes, aquí sigue siendo “la piedra que arde”, como la define el museo de Kohtla-Järve, la capital de la minería de esquisto.
De ella ha vivido durante más de un siglo, y por ella está muriendo.
Un olor fortísimo, mezcla de huevos podridos y nafta, emana de la central en uno de los extremos del enclave minero, bajo la sombra de una colosal colina: es uno de los puntos más altos de un país tan plano como Estonia, pero no es otra cosa que un montón de cenizas y escoria. Cuatro de las cinco minas aún abiertas para extraer petróleo de esquisto y las cuatro centrales térmicas que lo utilizan se hallan en el condado de Ida-Viru. Generan más de la mitad de la electricidad que consume Estonia, pero también buena parte de los residuos del país. Los habitantes de la provincia registran más enfermedades respiratorias y una esperanza de vida al nacer cuatro años inferior a la del resto de estonios. También tienen una mayor incidencia de hepatitis y enfermedades de transmisión sexual, y de riesgo de pobreza.
Y no queda el consuelo del trabajo: las industrias cada vez emplean a menos personal, los negocios cierran y las empresas que gestionan minas y centrales se llevan los dividendos fuera de la región. Ida-Viru ha perdido cerca de la mitad de los 221.000 habitantes que tenía al caer la URSS; Kohtla-Järve, dos tercios. Al contrario que en el resto de Europa —inmersa en una crisis de falta de vivienda—, Estonia ha emprendido un proyecto para derribar bloques vacíos en Kohtla-Järve y concentrar a la población en los restantes.
“Esta zona necesita de cambios y del Estado, pero la gente local espera lo peor de ambos”, explica el antropólogo español Francisco Martínez, que ha trabajado en la región durante la última década y acaba de publicar sobre ello el libro _The Future of Hiding_. Esta desconfianza se deriva de decisiones políticas como la cancelación del derecho a voto de quienes tienen pasaportes grises, pero también “por un sentimiento de pertenencia incompleta y por la propia memoria ecológica de la región, es decir, por un siglo de minería industrial, ocupación militar, repoblación y, más tarde, negligencia”.
“Durante décadas, ha existido una relación pasivo-agresiva entre el Estado estonio y los residentes de Ida-Viru, donde una parte finge preocuparse y la otra finge escuchar. Pero desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania, estas personas se han convertido en un problema geopolítico, consideradas como un riesgo independientemente de cuál sea su opinión sobre la guerra y el Gobierno ruso”, describe Martínez.
“Las percepciones se generan a partir de las historias que un país cuenta sobre sí mismo”, expone. La cuestión es que la actual Estonia ha construido su identidad nacional como la de un “Estado monolingüe y etnonacionalista”, en el que los rusoparlantes son considerados “residuos de un imperio que ya no existe”. Sin embargo, subraya el antropólogo, ellos, en general, sienten un “profundo apego al territorio y también a Estonia, pero a su manera, demostrando que la sociedad no es tan homogénea como las instituciones presentan”.
En 1971, los vecinos celebraron el 25.º aniversario de la fundación de Kohtla-Järve con una gran manifestación obrera que culminó frente al monumento de los dos mineros. Allí, con la fanfarria propia de la época, se enterró una cápsula con un mensaje para el futuro. El responsable del museo del esquisto, Ainar Varinurm desaparece en el depósito y regresa al cabo de unos minutos con el brillante cilindro de acero, imposible de abrir para los no iniciados. Asegura que él sí sabe cómo desenroscarlo, pero guardará el secreto hasta la fecha indicada: 2046, su centenario. Según las fuentes documentales, el mensaje, escrito con el optimismo de la propaganda socialista del siglo XX, dice así: “Queridos camaradas, nos dirigimos a vosotros mientras celebráis el 100.º aniversario de Kohtla-Järve. En 75 años no será como es hoy, pero estamos seguros de que seguirá ahí, nada la destruirá. Será mucho más bonita que en la actualidad. Y vosotros, sus residentes, seréis más fuertes, más bellos y más sabios. Seréis más y más felices, individual y colectivamente”.
Si quienes enterraron el mensaje viesen hoy su ciudad, se les caería el alma a los pies.
## La dura transición
Sillamae también fue refundada al término de la Segunda Guerra Mundial, pero al contrario que Kohtla-Järve, podría haber sido una ciudad soviética de postal, con sus edificios nuevos, sus avenidas anchas y bien delineadas, su paseo junto al mar Báltico, su industria y sus tiendas bien abastecidas incluso durante los duros años ochenta. Y, sin embargo, no aparecía en los mapas.
Para acceder a ella se necesitaba un permiso especial, pues era una ciudad atómica donde se procesaba y enriquecía el uranio para el programa de armas nucleares de la URSS. Así que, como las minas y plantas de Kohtla-Järve, el lugar atrajo a científicos, ingenieros y obreros especializados de todos los rincones de la Unión Soviética.
El antiguo complejo secreto Kombinat Nº 7 de Sillamae, donde se enriquecía uranio para el programa de armas atómicas de la URSS, ahora privatizado y transformado en una planta de procesamiento de tierras raras. Andrés Mourenza
Un vídeo del museo del Castillo de Narva lo simplifica así: una pérfida estrella roja recoge personas de toda la geografía rusa y las lanza sobre Ida-Viru, como quien siembra grano. Pero, como toda simplificación, sustrae una parte de la historia: la zona ya era una mezcla de pueblos desde el siglo XIX, cuando las minas y la industria textil atraían a los proletarizados campesinos del Imperio ruso, recién liberados de la servidumbre de gleba. Y también a las élites de San Petersburgo, desde el compositor Chaikovski al neurólogo Pavlov o la poeta Ajmátova, para quienes esta costa era su playa más cercana. En sus ciudades se hablaba ruso y estonio, polaco y alemán.
Mucho más tarde, en la década de 1990, mientras buena parte de Estonia celebraba la recuperación de su independencia, en el este se desató la anarquía. “Hasta 1991 todo estaba organizado, luego todo se derrumbó”, explica un vecino de Sillamae, que pide el anonimato: “Hasta entonces, el mercado de nuestras industrias era toda la Unión Soviética, y de repente pasa a ser solo el de un país pequeño como Estonia, y además no pueden competir con las industrias capitalistas de otros países. Las fábricas cierran o se privatizan. La gente se queda sin trabajo. A los más mayores les dan un talón para que vayan comiendo y les dicen que son dueños de sus apartamentos. Pero nunca han sido dueños de nada, no saben cómo es eso”.
Algunos jóvenes, relata, encuentran una vía de escape como _hackers_ , robando datos de tarjetas de crédito a través de páginas porno (uno de los más famosos ciberdelincuentes de Sillamäe sería juzgado, años después, en Estados Unidos). Aparecen armas de fuego, importadas o directamente compradas a la policía. “El Estado no tiene fuerza para ejercer control, y abandona esta zona. Y lo que ves es a gángsters peleándose entre sí por el control de lo poco que es salvable”, dice. “La gente ve esfumarse su fuente de ingresos, pero también su identidad colectiva. Queda en un limbo”.
Con todo, en las últimas décadas se han iniciado proyectos de recuperación financiados por la UE, y ha llegado algo de inversión. Se recubrió el depósito de lodos radiactivos de la planta de Sillamäe, en un cabo junto al mar. Y el complejo secreto Kombinat Nº 7, donde se enriquecía el uranio, ha sido transformado en una planta de procesamiento de tierras raras (la misma empresa —canadiense— ha establecido una fábrica de imanes para baterías en Narva). Desde 2014, cuando Rusia se anexionó Crimea y Tallin le vio las orejas al lobo, se han mejorado las conexiones ferroviarias y por carretera con Ida-Viru, hasta entonces mejor conectada con San Petersburgo que con la capital estonia.
En febrero de 2025, Estonia, junto a los otros dos Estados bálticos, se desconectó de la red eléctrica rusa y se sincronizó con el área continental europea CESA. “Desde que recuperamos nuestra independencia, nos hemos esforzado por reincorporarnos al sistema europeo en términos políticos, militares y económicos. La electricidad era uno de los últimos ámbitos con los que, debido a la infraestructura heredada, aún estábamos conectados con Rusia. Cortamos esos vínculos recientemente para construir una red energética más segura, pero también para subrayar simbólicamente nuestro legítimo lugar en Europa”, afirma el alto cargo de Exteriores: “Somos tan europeos como los españoles, los franceses, los alemanes o los polacos. Pese a ello, fuimos apartados de Europa no por elección nuestra, sino por cómo terminó la Segunda Guerra Mundial”.
## Estonia para los estonios
El Linnahall o Palacio Lenin de la Cultura y el Deporte de Tallin, construido para los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980. Pese a que es patrimonio protegido (y fue escenario de la película de Tenet, de Chrisopher Nolan), la falta de cuidado de las autoridades está provocando un grave deterioro de la estructura. Andrés Mourenza
Quienes asisten a las clases de estonio de Ivika Maidre son rusoparlantes que preparan su examen de nacionalidad o necesitan acreditar un nivel suficiente de lengua para ejercer como profesores. “Lo veo como una misión”, afirma. Y, sin embargo, no puede esconder que le provoca “tristeza” tenerla que llevar a cabo. Durante 35 años de independencia, critica, muchos de sus compatriotas no han sido capaces de aprender siquiera unas palabras del idioma nacional. Siente que sus vecinos de Ida-Viru se acostumbraron a vivir en ruso, la que fue lengua y cultura dominante durante tanto tiempo, ignorando el estonio, un idioma de apenas un millón de hablantes que en la era soviética era despreciado. “Háblame en una lengua humana, no de bestias”, le espetó una tendera cuando Ivika era niña. Ahora, las tornas han cambiado.
“Hay quienes dicen que deberíamos olvidarnos de esta esquina del país, que da igual que se la quede Rusia. Pero esta tierra es Estonia, aunque cada vez con menos estonios”, opina Maidre. “Durante mucho tiempo tuvimos otros problemas y el Gobierno ignoró esta zona. Está bien que ahora den dinero para la enseñanza del estonio. Pero la integración no es solo la lengua, también hay que respetar la cultura y los valores estonios”. ¿Y cuáles son esos valores? Maidre los desgrana: “No se trata de solo querer a Estonia superficialmente, hay que amar sus tradiciones y su cultura. Respetarlas. No profesar los valores de Putin. Defender la libertad y la europeidad. Y que Estonia es de los estonios”.
En 2022, el Gobierno de Tallin tomó una decisión drástica: acabar con la enseñanza en ruso. Era un proyecto que llevaba tiempo madurando, pero, tras la invasión rusa de Ucrania, se decidió pisar el acelerador. A partir del curso 2024-25, todas las clases pasaron a ser en estonio.
El cambio ha sido traumático para muchos niños de Ida-Viru, que de un curso para otro vieron que no entendían nada de lo que decían sus maestros, muchos de ellos jóvenes recién licenciados de otras partes de Estonia a los que se les paga un bonus por ejercer en esta esquina del país. “La gente de aquí no está necesariamente en contra de aprender el idioma estonio, sino de la decisión de cambiarlo todo de un año para otro. Tendría que haber sido algo más gradual”, explica Dimas, cuyo hijo tiene diez años. “Por ejemplo, en la clase de Biología, que explican en estonio, ni aprenden estonio ni aprenden biología. Y los padres rusoparlantes se ven incapaces de ayudarles en casa”.
Sveviov, el alto cargo de Exteriores, defiende que es la única vía para integrar a la población en Estonia y que deje de estar a merced de la propaganda rusa. Otros, en cambio, opinan que el malestar que generan decisiones como esta puede ser aprovechado por Rusia. “Las acciones desestabilizadoras de Rusia normalmente no crean nuevas tensiones en una sociedad, pero pueden magnificar las existentes. Así que somos muy conscientes de que el descontento puede convertirse no solo en un problema político sino estratégico”, reconoce. “Es cierto que para muchas personas es difícil, y estamos siguiendo el asunto para ayudar a quienes se queden atrás. Pero no vamos a cambiar la dirección. Esto es Estonia, y el estonio es la base de esta sociedad. Para que la gente se integre es necesario tener un nivel básico de estonio. Quienes no lo hablan tienen más posibilidades de sufrir pobreza, de no cursar educación superior y de tener peores trabajos y, por tanto, es más probable que se conviertan en una fuente de negatividad para ellos y para la sociedad”.
Para una nación pequeña como Estonia, en la que el miedo a perder de nuevo su independencia frente al gigante vecino oriental está inscrito como una profunda cicatriz, la batalla por la lengua es primordial. “El idioma ruso sigue siendo enorme, y hay mucho contenido en ruso. Lamentablemente, debido al estado actual de Rusia, no vas a encontrar contenido crítico, sino todo lo contrario: narrativas sobre la grandeza del Imperio ruso o la URSS. Y eso, por supuesto, influye en la gente”, admite la rusoparlante Yaroslavna.
Yaroslavna Nazarova, encargada de la colección del Museo de Narva. Andrés Mourenza
Ella es una de las 60.000 personas estonias con pasaporte gris “de ciudadanía indefinida” o apátridas. Andrés Mourenza
Pero eso no quita que la decisión del Gobierno de Tallin esté exenta de críticas. Numerosos profesores rusoparlantes de Ida-Viru han perdido su empleo, explica Nazarova, entre ellos su madre, que enseñaba Robótica en un instituto y deberá aprobar un examen de nivel B2 de estonio para recuperar el empleo. “Hablamos de personas de 55 años, que llevan tres décadas enseñando. De nuevo es un golpe económico para Narva, que se ha visto muy dañada por las sanciones al comercio con Rusia”, dice. “Siento que esta región ha estado olvidada durante mucho tiempo. Solo empezamos a sentir la influencia del Estado, el dinero y las inversiones después de lo de Crimea. Por eso, creo que los factores económicos influyen enormemente en el descontento de los lugareños con el Gobierno. Y, por supuesto, sería bueno que no usase esa narrativa de que todos los rusos trabajan para el Gobierno ruso simplemente porque son rusos”.
Yaroslavna Nazarova, que es encargada de la colección del Museo de Narva, abre una cómoda del museo en la que se exponen los coloridos patrones de las telas que producía la fábrica Kreenholn, bajo fotografías en blanco y negro de la década de 1960 de los empleados. En cada cajón está inscrito el nombre del diseñador: hay apellidos rusos y estonios, ucranianos y azeríes, armenios… La propia familia de Yaroslavna procede, por línea materna, del este de Rusia; por línea paterna, del suroeste de Estonia.
Habla estonio, pero no ha querido sacarse la nacionalidad. Se aferra a su pasaporte gris, de ciudadanía indeterminada, cuyo color contrasta con su pelo verde, como una declaración de intenciones. Cuando se le pregunta de dónde se siente, dice: “De aquí, de Narva, en la frontera entre Estonia y Rusia”.
## Pavor a los cambios
El castillo de Narva mira hacia el este, hacia la estepa donde acecha el enemigo, que llegará quizá cabalgando tanques, quizá disparando terabytes de mentiras y odio. Pero la frontera que defiende, ese nuevo telón de acero, se erige sobre una región fluvial, de pantanos y marismas; una zona anfibia, ambigua como las gentes de Ida-Viru. Ni tierra ni agua, ni mar ni pantano, un lugar donde se mezclan pasado y presente.
La pregunta sigue flotando en el aire: ¿se atreverá Rusia a atacar Estonia? Y, si lo hace, ¿cómo responderá la población local? “Lucharemos contra los invasores como locos”, responde sin dudar Boris, otro vecino de Narva.
Una encuesta del Ministerio de Defensa estonio del año pasado indica que, entre la minoría rusoparlante, se ha incrementado el apoyo a que Estonia responda a un ataque armado de manera militar. En el noreste, casi la mitad de la población (un 47%) participaría de una forma activa en la defensa, incluso empuñando las armas, frente a un 14% que no haría nada y un 23% que optaría por marcharse del país. Los números de quienes combatirían la ocupación de Estonia son más bajos que en otras regiones, pero no demasiado.
“Es probable que algunos colaborasen, o se dejasen comprar por los rusos, pero la mayoría no apoyaría una invasión. Saben cómo se vive en Ivangorod y que la vida es mejor dentro de Estonia”, dice Dimas, el vecino de Narva. Y apostilla: “Ya no es que Estonia trate mejor o peor a la minoría rusoparlante, es que una invasión rusa sería un cambio muy grande. Y la gente de aquí tiene miedo a los cambios. Estaban acostumbrados a una vida ordenada durante la URSS, y todo lo que ha venido después, para ellos, ha sido el caos”. https://www.revista5w.com/temas/conflictos/narva-la-frontera-liquida-del-nuevo-telon-de-acero-160625?token=7afad8391318cff8bf102db602ed7145