loading . . . Trump, un poder casi autocrático Desde que Donald Trump tomó nuevamente posesión de la Casa Blanca, convirtiéndose en el segundo presidente de la historia de Estados Unidos desde 1892 que conseguía la reelección tras haber perdido previamente, parece que el mundo se hubiera acelerado. Una victoria presidencial que se complementó con la mayoría de los republicanos en el Senado y en el Congreso que, sumado al control conservador del Tribunal Supremo, le ha otorgado a Trump un poder cuasi autocrático, al menos durante los dos primeros años de la legislatura, hasta que se produzcan las elecciones del midterm. Poder que está utilizando para intentar moldear el mundo a su imagen y semejanza. De hecho, cuando Donald Trump tomó posesión por segunda vez, como el 47º presidente de los EEUU, mucho se especuló sobre cómo sería su segundo mandato al frente de la Casa Blanca. En 2016 no tenía del todo claro qué hacer como presidente; hoy tiene ideas muy definidas sobre cómo actuar. Ya no es el outsider que asumió el cargo sin tan siquiera controlar el Partido Republicano; ahora no solo conoce las instituciones, sino que cuenta con un aparato consolidado detrás que lo respalda. Y está empeñado en demostrarlo cada día. Especialista en las puestas en escena, el mismo día que asumió el cargo, tal y como marca la Constitución, Trump se dirigió a un estadio cubierto cercano. Allí hizo colocar un escritorio para firmar sus primeras órdenes mientras la multitud le aclamaba. Desde entonces, Trump ha firmado más normas que ningún otro presidente en los primeros 100 días en el cargo, especialmente del tipo conocido como órdenes ejecutivas, el decreto presidencial por excelencia. Una muestra más de su impronta autoritaria. Desde ese momento, en un año, ha declarado toda una guerra comercial; ha desatado una fiebre persecutoria contra los migrantes en los EEUU; ha atacado las instalaciones nucleares iraníes; ha impuesto su plan de "paz en Gaza"; ha conseguido doblegar a los republicanos aprobando la ley fiscal que él mismo bautizó como One Big Beautiful Bill; está forzando una paz vergonzante en Ucrania; ha ocupado militarmente varias ciudades demócratas en los EEUU; ha atacado Venezuela secuestrando a su presidente; ha bombardeado Siria, Nigeria y Yemen; está amenazando con ocupar Groenlandia, un territorio de la OTAN, mientras ha obligado a los miembros de la Alianza Atlántica a asumir el 5% del gasto (en armas estadounidenses) en defensa, mientras su presidente, Mark Rutte, justificaba: "Sometimes, daddy has to use strong language" ("A veces, papi tiene que usar un lenguaje fuerte"). El hasta ahora indiscutido imperio estadounidense, ante su paulatina pérdida de hegemonía comercial (que no militar), intenta impulsar, bajo la batuta de Trump, una recomposición del mundo bajo la lógica de las áreas de influencia, para poder disputar la hegemonía mundial con China. Para ello ha favorecido una guerra de posiciones que se ha cobrado, como primeras víctimas, a los mecanismos multilaterales de gobernanza de la globalización. Una suerte de desglobalización, donde quizás lo más paradigmático sea que el mismo imperio norteamericano que construyó la actual arquitectura multilateral de gobernanza sea el que la esté desmontando con su guerra arancelaria. En este sentido, la capitulación de Europa, aceptando el chantaje arancelario trumpista, no solo ha supuesto un acuerdo entre los dos bloques que más bienes y servicios intercambian en el mundo —con la importancia económica que esto supone—, sino que políticamente ha sido un balón de oxígeno fundamental para la estrategia trumpista de guerra arancelaria. Asestando, a su vez, un duro golpe a los delirios retóricos de la "autonomía estratégica" europea que tanto se esgrimió para justificar el plan de Rearm-Europe, que finalmente ha terminado siendo una coartada para comprar más armas a los EEUU. El sometimiento de la UE por parte de Trump cumple un papel fundamental en su proyecto geopolítico, permitiéndonos entrever el nuevo escenario que se preconfigura, en el que la ambición imperial trumpista es, como explicaba Enzo Traverso, el producto de un debilitamiento: "Estados Unidos ha renunciado a la pretensión de dominar el mundo, como lo imaginó tras el final de la Guerra Fría", para conformarse con dominar su espacio geopolítico de influencia y estar en una mejor relación de fuerzas para disputar el resto del mundo con China. De esta forma, en su obsesión por recuperar la grandeza perdida del imperio norteamericano, Trump, con su lema Make America Great Again, se ha marcado como objetivo primordial reactualizar la doctrina Monroe —famosa por su "América para los americanos"—, que, bajo la supuesta defensa de la independencia de las naciones, se transformó en una política deliberada para convertir a Latinoamérica en el patio trasero de Washington. A lo largo de la historia, numerosos presidentes norteamericanos han actualizado la doctrina Monroe con diferentes adiciones conocidas como "corolarios". Quizás el más importante de estos corolarios sería el "Gran Garrote" de Theodore Roosevelt (1901-1909), que lo convertiría en el auténtico padre del imperialismo norteamericano, inaugurando una política exterior de "policía global" al servicio de sus intereses imperiales. Con motivo de un evento para recordar el 200º aniversario de la doctrina Monroe, la Casa Blanca publicó un comunicado oficial en el que Donald Trump reafirma su compromiso con este pilar estructural de la política exterior estadounidense —pero también su intención de actualizarla, completándola con un "corolario Trump"—. Al estilo de su tan idolatrado Roosevelt, Trump pretende reactualizar y ampliar la sombra de ese gran garrote sobre América Latina, como han plasmado en su estrategia de Seguridad Nacional. Pero sin hablar suavemente: prefiere su tradicional actitud de matón inmobiliario neoyorquino. https://vientosur.info/trump-un-poder-casi-autocratico/